lunes, 13 de febrero de 2012

Matemáticas electorales


Con frecuencia me inquietaba que los científicos de las matemáticas no figuraran de manera predominante en el catálogo de expertos estudiosos de los fenómenos electorales, que al parecer era territorio exclusivo de politólogos, abogados, legisladores, sociólogos y últimamente hasta economistas.

Enterarme que estos estudiosos de la ciencia más abstracta y exacta de todas (la de los números) se interesan desde hace dos siglos por la parte espinosa de las elecciones me resultó fascinante, pues nunca nos hemos detenido a escucharlos o leerlos con seriedad, a pesar de que, en esta abigarrada materia, sus lecciones y propuestas merecen mucha mayor atención.

En este tema es realmente indispensable asomarse al libro del matemático George Szpiro Los números mandan: las irritantes matemáticas de la democracia, desde Platón al presente, editado por la Universidad de Princeton, en 2010. El autor realiza un extraordinario recorrido por las aportaciones históricas, actuales y al parecer, futuras, de varios de sus colegas antiguos y contemporáneos a la resolución de los acertijos numéricos de los comicios.

Divide la historia de las matemáticas aplicadas a las elecciones en dos grandes tramos. El primero, que se origina en la revolución francesa, cuando algunos miembros de la academia de ciencias trataron de deducir un sistema racional de realizar los comicios; el segundo, que inicia en los años cincuenta del siglo pasado, cuando economistas y adeptos de la teoría de juegos se dispusieron a demostrar que la aspiración era inalcanzable.

En la obra, los matemáticos modernos nos presentan una aportación interesantísima, referida a la forma concreta en que el elector vota y la autoridad electoral cuenta las boletas, pero antes de abordarla, déjeme comentarle, a manera de nota de contexto, que en todo el orbe predominan tres métodos para traducir votos en puestos públicos: el de mayoría relativa y el de representación proporcional. El primero consiste en que obtendrá el puesto público en disputa el candidato que obtenga más votos que sus contrincantes, ya sea por la vía de mayoría incontrastable (la mitad más uno de los votos) ya sea por la de la minoría más votada.

El segundo consiste en asignar asientos parlamentarios de tal manera que los votos de los electores cuyos candidatos no obtuvieron el triunfo no se “pierdan” y contribuyan a acercar la proporción de votos obtenidos a la de legisladores en la respectiva cámara. Existe un tercer método en muchos países, como el nuestro, en el que el sistema de representación popular emerge de una combinación de los dos anteriores.

Alguien en Londres leyó el libro de Szpiro y frente a esta triada metodológica al parecer insuperable, propuso una revolución, que intentó ensayar recientemente. Cuando en las elecciones generales del Reino Unido de 2010 ninguno de los dos partidos políticos tradicionales obtuvo una mayoría clara que le permitiera formar gobierno, el partido conservador se coaligó con el llamado tercer partido: los demócratas liberales. Una condición de la alianza fue realizar un referéndum nacional en 2011 para modificar la manera en que el elector inglés emite su sufragio.

El método que se sometió a referéndum fue una suerte de muerte súbita inmediata consistente en que el elector “calificara” u “organizara”, en orden de prelación, a todos los candidatos registrados en la boleta. Es decir, el votante expresaría sus preferencias poniendo en primer lugar de una lista al candidato que más le gustara y en último lugar al que menos le gustara. En su momento, la autoridad electoral verificaría si las primeras preferencias de alguno de los candidatos llegaban a la mitad más uno de los sufragios totales emitidos, en cuyo caso el ganador sería claro.

Por el contrario, si ningún candidato obtuviera suficientes primeras preferencias, se aplicaría el modelo de la muerte súbita instantánea, que no requiere una segunda vuelta, sino sólo simulaciones matemáticas mediante las que se eliminaría al candidato que hubiera obtenido menos primeras preferencias y entonces las segundas preferencias de los electores que votaron por el eliminado se contarían como primeras. El ciclo se repetiría hasta que alguno de los candidatos obtuviera la mayoría.

La adopción de este sistema fue derrotado en el referéndum británico pero avanza inescrutable por todo el mundo y por algo ha de ser. En los Estados Unidos, en los estados de Arkansas, Luisiana y Carolina del Sur; y en las ciudades de Aspen, Minneapolis, San Francisco, Berkeley, Oakland, Memphis, Springfield y Saint Paul. Además, en países como Malta (desde 1921), Irlanda (1922), Australia (1949), Sri Lanka (1978), Bosnia, Fiji, India, Papúa Nueva Guinea; y en localidades como Londres y, para elegir a los dirigentes de algunos partidos políticos del Reino Unido, Canadá y Nueva Zelandia.

Debe haber una explicación que nos aclare este particular y novedoso fenónemo. Reflexionemos que las ciencias exactas tienen mucho que decir y nosotros escuchar sobre las paradojas numéricas de nuestros procesos comiciales en este Siglo XXI y empecemos a abrazar la convicción de que las reglas tradicionales podrían estar reformulándose o que, quizás, deberíamos empezar a pensar en ello.

(Publicado por La Crónica de hoy
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=629326 )

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